El verdadero recuerdo de José Castillo y Luis Valbuena

La impredecible e indomable guadaña fue la única que pudo dominar el bate fértil de José Castillo y la fuerza de Luis Valbuena. No hay deshonra en caer ante ella, que anda por la eternidad con una paciencia invicta. Pero sí queda la tristeza y el dolor. Deja el rastro de desolación, ese que no lleva a ninguna parte y no explica las desapariciones repentinas.

El beisbol venezolano está herido y, si bien la sanación existe, siempre quedarán las dos cicatrices perennes.

La evanescencia del cuerpo de Castillo contrasta con la eternidad de su alma. Él no solo vivirá en las memorias de su familia, de sus compañeros y los fanáticos que lo invocaban con simulaciones de hachazos. Estará grabado, más temprano que tarde, en la perpetuidad de la pelota del país. No nació para morir, como le puede suceder a aquellos seres que andan por el mundo con la maldad como bandera. Vino a este mundo para batear. Lo hizo mucho y lo hizo bien.

Su beatificación entre los altísimos peloteros del tiempo comenzó a sonar cuando la vida, con su irremediable fragilidad, le recorría por su cuerpo guariqueño. Era un jugador único, que a pesar de la llegada de la madurez, tenía el relajo y la guasa del adolescente que debutó con Leones del Caracas. Tal vez fue una bendición para él no defender toda la vida a un solo club. Eso le dio universalidad. Él pertenecía a la LVBP y, por el constante sonar de su bate, la LVBP parecía ser suya.

Como todo fenómeno aislado, Castillo fue diferente. Distinto a Víctor Davalillo, Robert Pérez, Luis “Camaleón” García o César Tovar. Él, en el arte ofensivo del juego, lo hacía todo bien, y no es una cursilería nacida en la tragedia de su partida. Es la verdad exacta de las matemáticas. Es el único en la historia de la LVBP con una carrera de al menos mil hits (1032), 90 jonrones, 500 carreras remolcadas (555), 60 bases robadas (61), 1500 almohadillas alcanzadas (1523) y .300 de average (.303). Nadie más sino él. Cada uno de esos números lo arrojan a la alfombra de la gloria como el bateador más completo en los anales de este beisbol.

Por eso aunque su cuerpo se haya convertido en polvo, siempre vivirá en el Salón de la Fama del Beisbol Venezolano. Fue grandeliga, explorador de circuitos lejanos (Japón y Taiwán), querido en México y dicharachero profesional, pero sobre todo fue José Castillo.

No es difícil determinar qué era más poderoso en Luis Valbuena, si sus conexiones o la voluntad de su espíritu. No hay dudas al momento de elegir la segunda opción. Nunca se rindió. Jamás se entregó a la facilidad de decir “no más”. Llegó tarde al profesional, sin las herramientas de otros compañeros. Después de la amarga madrugada en las cercanías de San Felipe, se eleva como un venezolano, oriundo de Caja Seca, que dio más de 100 vuelacercas en las Grandes Ligas (114).

Llegó al tope del nivel con Marineros de Seattle, luego estuvo con Indios de Cleveland y Cachorros de Chicago, para vivir sus últimos cuatro años como un Astro y un Ángel, y así se quedará por siempre.

El swing de Valbuena era de todo o nada, y no podría ser de otra manera. O le daba a la bola con contundencia o caminaba. En las mayores sus pasos iban mucho al dugout, en la LVBP a la inicial. Se convirtió en un artista del embasado, por eso no es casual que el OBP en su temporada de despedida haya sido de .415, el quinto mejor del todo el campeonato.

Y aunque a los alejados de los diamantes le pueda parecer una banalidad, el garbo en sus movimientos era una atracción. Para él soltar el bate luego de una de sus conexiones brutales, se convirtió en la floritura de su firma. Allí no había malas intenciones, ni necesidades de humillación, era su identidad, su forma de vivir.

Ni la dureza del asfalto y las dañinas mentes de quienes se alimentan de las desgracias, podrán aniquilar el verdadero recuerdo de José Castillo y Luis Valbuena, que vuela como el cardenal, pero tiene la perennidad del fénix.

Fuente beisbolplay.americadigital.com

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