José Castillo y Luis Vabuena: tan distintos y tan parecidos

Las muertes de José Castillo y Luis Valbuena son la peor tragedia para la LVBP en sus 73 años. Ha habido otros casos de peloteros fallecidos en accidentes, pero aquí fueron dos, ambos excepcionales

José Castillo nació para batear y bateó hasta morir. La última noche de su vida repartió tres hits en cuatro turnos para sumar 1.032 en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional. Apertrechado únicamente de sus dones innatos, indeclinable autoestima y envidiable intuición en el home, “El Hacha” pasó 19 temporadas malogrando a los pitchers en su país. Sin pesas, sin gimnasio, sin dietas ni laboratorio, todo al natural, Castillo nos recordó siempre a esos estudiantes superdotados que agarran un libro media hora antes del parcial y aprueban con honores.

Un día, estando todavía en los Leones del Caracas, se apareció en el estadio Universitario. Aquel año había tomado muchos turnos como grandeliga y lo esperaban más tarde en el equipo. Manejó casi seis horas desde Barinas hasta el Universitario, estacionó su carro, se puso el uniforme 14, hizo unos pocos swings en la jaula, alineó y de una vez empezó a distribuir tablazos. Ese era Castillo. Pa’lante, como solía decir.

“Si alguien quiere resumir la carrera de José Castillo debería decir: José Castillo, palo y palo”, contaba hace algún tiempo alguien que lo dirigió.

La frase, con su evidente doble sentido incluido, resultaba una adecuada síntesis sobre este personaje que prematuramente perdió el deporte nacional. Hace poco admitía que, a veces, se descarrilaba, aunque testigos aseguran que en su primera, última, única temporada con Cardenales de Lara se había asentado. “Él llegó al equipo rodeado de leyendas y rumores sobre su comportamiento”, contaba compungido Richard Gómez, directivo de los pájaros rojos. “Pero el José Castillo que yo vi aquí era totalmente distinto a lo que se decía”.

Castillo no sabía pasar desapercibido. Ni en el campo ni fuera de él. Campechano, amiguero, jacarandoso, juguetón, pueril, se conducía como un muchachito en empaque adulto. Los compañeros lo adoraban por eso. Por tratarse de un ser auténtico, sin dobleces, traslúcido. Y feliz. El Castillo que veíamos en el estadio parecía desconocer la amargura.

Solo una vez lo vimos apocado. Fue durante un Spring Training suyo con los Marlins de Florida. Estaba compitiendo por un puesto en el roster con el mexicano Jorge Cantú y era obvio que perdía. Aquel día nos atendió con la cordialidad de siempre, pero faltaba la alegría, el desenfado. Las puertas de las mayores se le cerraron y él, sin rencor, volcó todo su arsenal hacia la LVBP.  Y hasta las horas finales de su existencia fue… palo y palo.

La cosa se pone buena

Luis Valbuena era distinto. Nunca tuvo las habilidades genéticas de Castillo. Desde la pobreza absoluta en Caja Seca, estado Zulia, se forjó a sí mismo hasta volverse un hombre próspero y realizado. A diferencia de Castillo, dotado de talento en sus cromosomas, Valbuena todo lo hizo con esfuerzo y constancia. Un Melvin Mora del sur del Lago de Maracaibo.

“No tenía las herramientas que un scout sale a buscar”, relata Emilio Carrasquel, el ojeador que lo firmó para Cardenales de Lara y Marineros de Seattle. “Corría por debajo del average y no tenía tamaño, pero sí muchas ganas de salir adelante porque sabía que tenía pocas opciones distintas al beisbol. Nosotros no fuimos a buscarlo. Él vino a nosotros a través de Carlos Chourio, un medio hermano suyo que trabajaba como trainer en la academia de Seattle en Agua Linda (Aguirre, estado Carabobo). Nos dijo que tenía un hermano que jugaba pelota y aceptamos que lo trajera. Era catcher y no había jugado mucho beisbol menor. Al principio solo acompañaba al hermano, pero empezó a agarrar cuerpo y a Bob Engle (jefe de scouteo internacional) le pareció que hacía buenos contactos con el bate.  Le propuso probar en segunda, porque con su tamaño no podía ser receptor. Esa es una transición difícil, pero él trabajó mucho, hacía rondas extra tomando rollings. Se esforzó. Se decidió firmarlo”.

Valbuena no era tan extrovertido como José Castillo. Era más discreto, menos visible, pero igualmente gentil. Nunca le escuchamos a Luis Valbuena un comentario agrio contra nadie. En todos veía virtudes. Se sentía muy amigo de Asdrúbal Cabrera. “Nos firmaron en el mismo tryout”, comentaba. Juntos pasaron de los Marineros de Seattle a los Indios de Cleveland y allí llegaron a formar pareja de dobleplays.

El trabajo tesonero hizo de Valbuena un bigleaguer de más de una década de servicio. Alcanzó la titularidad porque desarrolló dos capacidades muy estimadas: poder, capacidad de llevar lejos la pelota, y buen criterio para juzgar a qué pitcheo hacer swing y a cuál no. Esa virtud la tuvo hasta las postrimerías de su paso por este mundo.

Al morir trágicamente en las peligrosas carreteras de Venezuela era uno de los cinco outs más difíciles del torneo 2018-2019 de la LVBP, con .419 de porcentaje de embasado, lo que sumado a los siete jonrones daban cuenta de por qué en Barquisimeto decían que con Valbuena, la cosa se ponía buena. Tan diferente de Castillo, pero tan parecido en su cordialidad con la gente y su ensañamiento contra la bola.

Una conversación con Valbuena nos lo retrató como el hombre centrado que fue. Era el entrenamiento primaveral de los Azulejos de Toronto en 2012 y competía nada menos que con Omar Vizquel, que había anunciado su retiro al término de esa campaña, por un espacio en la plantilla. Sobre eso le preguntamos, sobre lo que significaba para él, venezolano e infielder, pelear con un eventual inmortal.

“Yo, más que compitiendo con él, estoy aprendiendo de él”, fue su respuesta.

Para quien suscribe estas líneas, la línea ofensiva vitalicia de José Castillo hace de él uno de los tres bateadores más insignes en los archivos de la LVBP, solo superado por Víctor Davalillo y Robert Pérez. Únicamente José Castillo ha sido capaz de reunir, en una misma persona, noventa jonrones, 500 empujadas y .300 de promedio.

Un toletero prodigioso que aspiraba a jugar indefinidamente. Solo la muerte lo separó del plato. Por eso debería ser exaltado de inmediato al Salón de la Fama del Beisbol Venezolano, sin cubrir todos los lapsos y pasos previstos normalmente.

Y Valbuena es un ejemplo de superación. Nada tenía y se despidió de la vida como un temible artillero zurdo, pese a que llegó a la academia de los Marineros por una recomendación familiar para luego tomar 3.148 turnos en las mayores y sonar 114 vuelacercas.

Las muertes de José Castillo y Luis Valbuena son la peor tragedia para la LVBP en sus 73 años. Ha habido otros casos de peloteros fallecidos en accidentes, pero aquí fueron dos, ambos excepcionales, uno de ellos futuro Salón de la Fama. Y además murieron a causa de una mano criminal que colocó una piedra en sus caminos hacia lo que debió ser una vejez plácida y llena de reconocimientos. Por esa razón la LVBP suspendió sus actividades tanto el viernes como el sábado. Es muy posible que no haya forma de reprogramar esos partidos y el calendario quede incompleto.

Igual, ya la temporada está incompleta. Nos faltan José Castillo y Luis Valbuena, que con sus alas de cardenales ya vuelan al Paraíso, donde el mánager del universo los alineará tercero y cuarto para intercalar a un temible zurdo y un aterrador derecho en su lineup de la eternidad.

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